TRANSMODERNA

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Esta palabra salió de mí saltando, como hacen los delfines mientras recorren los océanos. Nunca la había oído ni leído pero, al nacer, me llenó de sensaciones que puedo tratar de describir.

Una tarde, estando sentada en la terracita de Recuerdos del Porvenir, en la calle Roteros de Valencia, solazada y abierta al placer de la brisa rozando mi piel, al ver pasar a una pareja cogida de la mano, me surgió el primer poema y, de un tirón, escribí los tres primeros del libro que lleva este nombre.

Siempre he tenido mis sospechas acerca del amor para siempre, de las relaciones para siempre, de las familias incorruptas, pero el envoltorio social a modo de papel film trasparente bien pegado a las ideas, parecía no ir a dejar nunca correr el aire entre las gentes, impidiendo esa parte de individualidad que debe de existir para hacerse cargo de uno mismo.

Así que allí estaba el grito, el impulso por rasgar, traspasar y trascender esa película insidiosa de apergaminadas ideas y gregarismo repleto de individuos inexistentes.

Tras, trans, y eso era lo importante. Atreverse, pasar al otro lado, ir más allá del acá, saltar el río, andar solo, no quedarse. La vida nunca se queda.

Salta con lo que tiene pero desaparece del aquí y no regresa nunca. Y salta y salta y salta.

Por lo demás y sin que yo haya sido del todo consciente, quizá Transmoderna sea en sí mismo un poema, uno más, y no sólo un título. No recuerdo en qué momento vino a mí pero sí la forma en que, como siempre, sale de ninguna parte y se me impone expandiéndome el ser, toda creación.